El sol baja y el cielo toma lentamente un color más oscuro, mientras esa sensación seca y a la vez húmeda que provoca el calor del verano se va encogiendo conforme se acerca la noche; casi sin darte
cuenta ha anochecido, queda la mitad de la vida por vivir.
Llega el momento de volar en libertad, de esconderse en la mente y dejar volar la imaginación hacia el lugar que lo desees; como todos esos pájaros que sobrevuelan en mitad del cielo para regresar a casa, una vez acabado el día. En realidad cada uno de nosotros lleva una especie de pequeño pájaro en su interior. Por ello, la imaginación es la mayor posibilidad de libertad que poseemos y que nadie podrá arrebatarnos. Y al mismo tiempo, es ella quién nos ofrece pensamientos, situaciones y mundos; que en ocasiones anhelamos, deseamos, evitamos, o en el más remoto de los casos ni siquiera queremos imaginar. Sin embargo; es también la imaginación quién en ocasiones nos deja una pequeña espina clavada, porque la imaginación a pesar de ser libre no es más que una idea creada por nosotros, no es más que nuestro propio mundo idealizado a base de connotaciones. Por ello; aunque imagines hasta el último detalle, la realidad siempre sorprende o decepciona. Y en cierto modo; vivir soñando es demasiado bonito, vivir despierto es demasiado cruel, ser un soñador te hace parecer iluso y ser realista demasiado duro. Y ahora me pregunto : ¿Dónde queda el límite entre el mundo de los sueños y los verdaderamente real?

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